La violencia trae al país de cabeza. Urge frenarla y la ciudadanía interesada en
hacer “algo” concreto puede unirse a la campaña de Alianza Cívica que solicita a
Barack Obama la adopción de tres medidas que frenen el contrabando de armas a
México.
Las batallas y las guerras se ganan o pierden por la capacidad de enviar material
bélico a los frentes de batalla. Napoleón y Hitler fueron derrotados por la
enormidad de las estepas rusas. La resistencia vietnamita se mantuvo porque,
pese a los bombardeos estadounidenses, nunca dejó de funcionar el Sendero de
Ho Chi Minh. En nuestra guerra, las milicias del narco tienen garantizado el
acceso a todas las armas que quieren. Aprovechándose de la corrupción en las
aduanas mexicanas cruzan la línea y se abastecen sin problemas en Estados
Unidos y sobre todo en Texas y Arizona. De allá proviene 84% de armas y
municiones con las cuales se nos extorsiona, secuestra y asesina; las leyes de
aquel país lo prohíben, pero Washington tolera el tráfico por el enorme poder
político de los productores y comerciantes de armas y porque no tiene presión
social para impedirlo.
Debe reconocérsele al gobierno de Felipe Calderón la disposición a incluir el
tema en su lista de peticiones a Washington. Es una lástima que sea una política
sin consistencia. En mayo de 2010 introdujo el problema en su gallardo discurso
ante el Congreso. Durante su siguiente visita (de 2011) no mencionó el tema;
toda su energía retórica la concentró en criticar al ex embajador Carlos Pascual.
Este tipo de omisiones es incomprensible porque mientras no se corte el
suministro de armas al crimen organizado pensar en la victoria es un cuento de
hadas.
Corresponde a la sociedad corregir el absurdo a partir de una tesis fundamental:
el contrabando de armas alimenta una violencia que está afectando a las
sociedades de México y Estados Unidos. Entonces hay una responsabilidad
compartida en la búsqueda de soluciones. Con esto en mente, Alianza Cívica -
organización de la que formo parte- dialogó durante varios meses con grupos
como Washington Office on Latin America y Global Exchange de Estados
Unidos para encontrar un programa conjunto.
Después de revisar diferentes alternativas se optó por hacerle tres peticiones al
presidente de Estados Unidos que dependen sólo de su voluntad; no tiene que
llevarlas al Congreso, una parte del cual es adversaria feroz de un Presidente en
busca de la reelección. Son peticiones de sentido común: es indispensable que
crezca la capacidad operativa de la Oficina de Control de Bebidas Alcohólicas,
Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF) en los estados que colindan con
México.
En la gestación del proyecto me encontré con las múltiples caras del
escepticismo: “¿A poco crees que Barack Obama les va a hacer caso?” -me decía
más de alguno o alguna. No hay por supuesto seguridad de que se entere de las
peticiones y responda positivamente. Una campaña como ésta es como cualquier
guerra o romance, se sabe cómo empieza, pero no cuándo o cómo termina.
En política los números cuentan. Si en los próximos meses crece la recolección
de firmas, eso influirá en el nivel del funcionario que recibirá formalmente la
carta en septiembre. No será lo mismo entregárselo en persona a Barack Obama a
observar la firmeza con la cual le ponen el sello de recibido en la Oficialía de
Partes del Departamento de Estado.
Pase lo que pase, la iniciativa tiene ventajas inmediatas. La primera es
incrementar la colaboración con organismos civiles estadounidenses preocupados
por lo que sucede en México y difundir la incongruencia de una potencia militar
capaz de imponer un embargo de armas a Libia mientras guarda un silencio
cómplice ante el contrabando masivo de armas a México.
En el último año he recibido miles de correos de personas que quieren hacer
“algo” para influir en la vida pública. Esa es otra confirmación de que hay un
sector de la población mexicana decidido a pelear por causas que se consideran
justas. Poner una firma en www.alianzacivica.org.mx tal vez no conduzca a un
adiós definitivo a las armas, pero sí es una manera de sacudirse el lastre de la
impotencia y decirle adiós a la pasividad.
autor: sergio aguayo